8 may. 2012

Australia, César Manrique y un fin de etapa inmejorable.


Por segunda vez consecutiva he tenido que suspender el viaje en coche desde Darwin hasta Perth. El susodicho se queda en venta en Darwin y yo me subo a un avión para volver a la capital del oeste australiano. Me queda la pena por no haber realizado un trayecto apasionante que en distancia, hubiera sido comparable a bajar desde el norte de Polonia hasta Cádiz.

Pero como a mal tiempo hay que ponerle buena cara, he disfrutado lo mejor que he podido del trayecto, y esta vez, sí que saqué fotos del corazón de este inmenso país. He podido observar sus venas rojas y las grietas de su piel como si me hubiesen elegido para realizarle una operación a corazón abierto. Ríos secos, lagunas saladas y billabongs rojos, amarillos y verdes como verdaderos oasis en medio de la nada.

Desde que abandonamos la cubierta verde de los deltas del norte, nos adentramos en un desierto gris que apenas dejaba entrever formas ni colores, como una zona neutra que te fuera preparando para lo que te esperaba. Y llegó.

La primera impresión fue el recuerdo de un cuadro en un museo de Lanzarote. Los rojos y ocres se mezclaban con profundos pardos y negros formando figuras que podrían estar firmadas por el genial artista que impulsó la conservación de la naturaleza en Canarias. Como imaginarán, me refiero a César Manrique. Ignoro si alguna vez estuvo en Australia, aunque por lo que he leído, creo que no me equivoco si aventuro que no lo hizo.



Vistas del continente rojo. En la segunda puede observarse un solitario billabong,
como un oasis dispuesto a apagar la sed de los solitarios animales del desierto.

En cualquier caso, creo que si Manrique hubiese visto estos desiertos, estos colores tan cercanos a su espesa paleta, habría reconocido entre sus pliegues a las musas que le llevaron a materializar en su obra, la grandeza material y pictórica de la piedra en su más cruda expresión; tal vez, hubiese hermanado artísticamente a islas tan desmesuradamente dispares como Lanzarote y la inmensa Australia; tal vez hubiese elevado un canto por encima de todas las fronteras erigiéndose en embajador de todos los rincones de este planeta; tal vez, en un alarde de imaginación (el mío) su obra hubiese servido para superar distancias y Australia, metafóricamente, no quedaría tan lejos.

Tal vez, pero mientras divago, el desierto de coladas rojas y negras, ha dado paso a un inmenso desierto amarillento cuyas dunas kilométricas apuntan todas hacia el oeste. Se trata del Great Sandy Desert, enorme masa de arena que separa Broome del resto de Western Australia por una barrera de más de 300 kms.

Después del desierto, más llanuras rojas, rizadas, lisas, con pequeñas sierras alargadas que apenas hacen sombra bajo el implacable sol austral. Y en medio de todo eso, de repente una línea como marcada con una herramienta de delineante, nos recuerda que el ser humano también ha llegado aquí. Con su incuestionable capacidad de expansión, también ha llegado al desierto, a cientos de kilómetros de la costa, el agua y las comodidades, y ha hurgado y encontrado metales preciosos, minerales básicos y otros materiales que convierten a Australia en un país rico y autosuficiente en muchos aspectos.

Las minas se abren en el terreno como vaciados de un escultor obsesionado por las escaleras. Y se pierden entre sus propias sombras, peldaños de gigante que numerosas hormigas se afanan cada día por arañar y perforar un poco más.


Desde la distancia, desde la perspectiva de un turista, resultan hasta atractivas, como heridas a las que el azar hubiese conferido una belleza especial.

Pero todo pasa, y el desierto también se acaba. Lo avisan las primeras parcelas cuadriculadas, los caminos y carreteras cada vez más desarrollados y definidos. Pronto, las primeras manchas verdes y, entre ellas o más bien dicho antes que ellas, una especie de lagos salados, de color marfil, desvaídos y lechosos despiden a la Australia salvaje para que te adentres en el vergel que rodea al Swan River, nexo entre la ciudad de Perth y la coqueta Fremantle, que es donde voy a establecer mi residencia hasta que termine los estudios que pronto comenzaré.




Ahora termina esta primera etapa en Australia. Han sido dos meses de descubrimientos diarios, nuevas amistades, me he adentrado en la particular cultura anglosajona de los aussies, me he impregnado de su calma y he despedido sin liquidación a algunos fantasmas que se creían con derecho a acompañarme allá donde fuera. En este tiempo, he comenzado a cogerle el pulso a este continente que amenaza con atraparme por mucho tiempo y el futuro se asoma a la esquina tendiéndome la mano.

La próxima etapa, marcada por horarios y horas de estudio será posiblemente menos intensa. La naturaleza quizás pase a un segundo plano, pero espero que las vivencias humanas suplan con creces este discreto alejamiento que me veo obligado a realizar.

En cualquier caso, seguiré buscando el lado positivo, la manera entusiasta de contar lo que vaya descubriendo, y espero que ustedes sigan leyendo con la misma fidelidad lo que publique. 

Vista de Swan River con Perth y Fremantle al fondo.
Los edificios cerca del río, son el centro financiero de Perth,
como pueden ver, el resto se una extensa masa de casas terreras.


Gracias por estar ahí.

Fran Torrents