22 jun. 2012

TIEMPO DE CHARRANES



Como había advertido, el nuevo ritmo me ha absorbido, dejándome poco tiempo para escribir y explorar este país. Aún así, la distancia entre Fremantle y la Escuela de idiomas encierra un número interesante de pequeñas lagunas donde las aves son fácilmente observables.

Gracias a eso, he podido comprobar lo difícil que lo tienen las libélulas aquí. La otra tarde pude disfrutar de un pequeño documental en el que dos pequeños halcones, el Cernícalo australiano y el Australian hobby (del mismo tamaño que el primero pero de cola más corta y mayor parecido físico con un halcón) se merendaban por turnos a la población de libélulas que habita un lago del norte de Perth.

Desde sus correspondientes oteaderos, las dos rapaces realizaban cortos vuelos a ras de agua y enganchaban con una facilidad pasmosa a las desconcertadas libélulas (de tamaño similar a Anax imperator, la más común y fácil de ver en Canarias) que en pocos segundos eran despiezadas y engullidas, quedando solamente unas alas transparentes que durante unos segundos, se quedaban adheridas a la rama y poco después, con suaves zigzags acababan depositándose en el agua.

Este ritual se repitió varias veces. Tuve la suerte de que el Australian hobbie se posó siempre en la misma rama seca y dejé el telescopio enfocado hacia allí, dejando los prismáticos para seguir los vuelos y observar como en el último momento abrían las alas y dejaban delante las garras para atrapar con ellas al sorprendido insecto.

Parecía que la población de libélulas lo tenía difícil con semejante cuadrilla de exterminadores cuando un nuevo comensal se sumó a la merienda. La White-faced Heron, una garza gris-azulada con la cara y garganta blancas, la más común aquí por lo que he visto, apareció caminando furtiva entre las plantas acuáticas y enganchó con certero movimiento a otra libélula. En este caso la engulló completa después de soltarla en el agua, propinarle un par de picotazos y sacudirla en el aire.

Tal vez se pregunten por qué no dibujé o tomé apuntes de este hecho. La verdad es que estaba tan a gusto observando las maniobras de los halcones, siguiendo los lentos movimientos de la garza, rapidísimos cuando la presa estaba a tiro, intentando imaginar donde estarían los siguientes objetivos de los afanados predadores, que preferí disfrutar del momento y vivirlo como observador.

Eso ocurría en los últimos días de sol que hemos disfrutado por aquí, porque el invierno ha comenzado en estas latitudes y las temperaturas han bajado hasta rozar los cero grados algunas noches. Se me hace bastante extraño volver a entrar en el invierno cuando de estar en Europa, empezaría a disfrutar de la calidez del verano, pero tras las semanas pasadas en el territorio del norte, con su clima tropical creo que no me vienen mal un par de meses de fresquito.

Pues este invierno, además de frío, ha traído cambios en el ambiente que he aprovechado al máximo. La semana pasada, un primer temporal de viento y lluvia encrespó el mar y, por primera vez observé la playa sin surfistas a lo largo de todo el litoral. Lo normal es que haya decenas de ellos esperando la ola que los impulse.

Los fuertes vientos son una buena señal para el observador de  aves, porque muchas buscan la costa como refugio ante el vendaval. Sabiendo esto, madrugué un poco más y conseguí tiempo para echar un ojo a la playa antes de entrar en clase y obtuve buenos resultados.

Lo normal es que en la arena estén un grupo de Silver gulls (la gaviota más común aquí, parecida a la reidora europea pero sin capirote) y algunos Swift terns (Charranes piquigualdos), pero una mañana pude observar un pequeño charrán oculto tras el grupo mencionado. Al acercarme, la diferencia de tamaño se hizo patente, era realmente pequeño comparado con los piquigualdos. Lo primero que pensé fue que me encontraba ante un charrancito, pero al mirar la guía, las alas completamente grises sin la cara externa de las primarias negras me decantaron por Fairy Tern (Sterna nereis). Esta especie, además, es la que habita esta zona con regularidad mientras que el charrancito tiene un área de distribución mucho más norteña y apenas llega hasta el norte de Australia. Pero con las aves nunca se sabe, tal vez me lo encuentre un día de estos.

Charrán piquigualdo
Sketch rápido a dos colores.

Empezaba bien la semana.

A los pocos días, en una mañana lluviosa vi pasar fugazmente un charrán robusto, mayor que el piquigualdo y con el pico rojizo. Al mediodía lo volví a ver. Otra vieja conocida de Sudáfrica, la pagaza piquiroja engrosaba el número de aves marinas que se mueven en esta costa.

Así, el invierno aporta nuevos alicientes cada día, los lagos van aumentando su superficie y la vida se renueva una vez más.

El fin de semana pasado tuve la oportunidad de rodear una isla en una pequeña lancha, acompañando a un amigo que iba a pescar y, después de disfrutar viendo los leones marinos y una impresionante colonia de cormoranes, recibí un premio especial.

En la orilla de la isla, caminando confiado, un ostrero negro me hizo subir las pulsaciones. Esta especie es similar a una que habitó en Canarias y tristemente se encuentra extinguida desde hace casi un siglo. Por eso, ver a este pariente cercano me produjo una sensación especial.

Estas tierras son un paraíso para las aves. Tienen espacio, tranquilidad y un mar que les provee de todo lo que necesitan para vivir. Ojalá que esta vida que observo con tanta facilidad se reproduzca y continúe muchos años deleitando a los que disfrutamos de la simple observación, de plasmar formas y colores o de descubrir los secretos de su biología, su comportamiento y las causas que hacen que cada especie sea especial.

Espero no tardar tanto con la próxima entrada.

Saludos.

Francisco Torrents