13 oct. 2013

Tan cerca y tan lejos, al fin Asia.


Un año y medio después de comenzar mi aventura australiana, algunas cosas continúan sorprendiéndome. Los que han seguido este blog desde el principio, recordarán aquella información que me diera una señora, acerca de la disminución de la población de cisnes negros que ella había percibido desde su niñez hasta la actualidad, drástica según me decía. En los tapices del Museo de la Marina de Fremantle, aparece la desembocadura de Swan River bordeada de carrizos y con multitud de cisnes salpicando ambas riberas, donde hoy se asientan el puerto industrial y los muelles deportivos.

Siempre ha pasado así. La colonización de un espacio por el ser humano y el proceso que les acompaña, incluyen la transformación del paisaje y el desplazamiento de las especies originales hacia zonas menos favorables.

Pues bien, en estas últimas semanas, se ha producido un hecho que aún me tiene emocionado. Repentinamente, a la vez que este largo invierno que se resiste aún a desaparecer, iba cediendo sus bajas temperaturas a la inminente primavera y el viento se suavizaba, los lagos y el río se han llenado de cisnes. Si hasta ahora había podido observar grupos de treinta o cuarenta ejemplares, ahora puedo contar cien sin esfuerzo, y muchos más. Y es realmente impresionante, seguir la línea de agua con los prismáticos y no parar de encontrar grupos, uno detrás de otro, unos lejanos, otros más cerca, cisnes por doquier.

Y por fin, he perdido aquel prejuicio que tenía con este bello animal, el hecho de recordarlo siempre como un ave de parques y zoológicos, una figura típica de espacios humanizados. Por fin, el cisne se me muestra en todo su esplendor, como el animal salvaje que es, esquivo y digno, esbelto y hermoso como pocos pueden presumir.

Pero tras este año y medio también he tenido la oportunidad de pisar el quinto continente. Después de visitar América, África y Australia, viviendo como lo hacía en Europa, me faltaba visitar el exótico continente asiático. Y por fin, el pasado mes de septiembre di mis primeros pasos en Indonesia, en la Isla de Bali. Como primer contacto estuvo muy interesante, aunque tengo que reconocer que también me supuso una mediana decepción. Bali, en algunos aspectos, ha sucumbido ante el implacable yugo turístico y ofrece numerosas opciones para disfrutar de la costa desde la confortable piscina de un resort, a pie de playa pero ha sacrificado buena parte de su patrimonio natural en pos de ese modelo que tan bien conocemos. De esa manera y, una vez más, la costa vuelve a estar monopolizada y el paisaje está dominado por la mirada inquisitiva de los vigilantes para que nadie se cuele en los pequeños paraísos postizos, en los que los turistas se encierran.

Como fuera que no estaba interesado en ponerme moreno, partí hacia el interior. Después de pasar dos días en Ubud, el pueblo artístico por excelencia, repleto de tiendas donde venden todo tipo de tapices, cuadros y figuras. Allí pateé entre campos de arroz y tuve la suerte de ver un varano y añadir algunas especies de nuevas observaciones de aves. Pero en general, Bali me pareció un lugar pobre en avifauna, especialmente para un lugar con un clima húmedo, altas temperaturas y mucha agua, donde además están todo el día dejando ofrendas con arroz por todas partes, por lo que debería haber un buen número de especies oportunistas aprovechando ese recurso.

Ofrendas en la acera de Ubud.

En las plantaciones de café del interior, te ofrecen rutas guiadas para conocer los entresijos de ese cultivo. Los guías, al final, te ofrecen una degustación de varios tipos de café desde café de vainilla hasta una variedad hecha con cacao. Luego puedes comprar el producto en la pequeña tienda de la plantación.


En este caso, mis prismáticos hicieron las delicias de los guías,
que en lugar de observar aves, intentaron observar a las mujeres en el río.
DIFERENCIAS CULTURALES: 0 - CUTRERÍO VARONIL 1.

Después de Ubud, partí hacia Munduk, en el corazón de la isla, a donde llegas por una carretera estrecha y zigzagueante que a veces adquiere tal inclinación que te hace apreciar la pericia de los conductores balineses. En Munduk pude realizar un par de caminatas bastante interesantes, la mejor fue la que nos llevó cruzando la selva al lago Tamblingan, el cual cruzamos (me acompañaba el biólogo holandés que fácilmente podrán identificar en la foto) a la vuelta en una canoa de doble cuerpo unidos por una pequeña plataforma de madera, justo cuando el sol caía tras la montaña y el agua parecía un espejo. Me encantó especialmente la disposición del grupo de guías del paraje. 




Camino de vuelta a través del lago. Moduk y el barquero.

Moduk, la chica de la foto, fue nuestra guía. Cuando me dijo que había aprendido inglés con un diccionario y hablando con la gente no pude más que quitarme el sombrero ante un maravilloso ejemplo de tesón y superación. Su trabajo fue una buena muestra de cómo la interpretación guiada puede mostrarte mil aspectos de un lugar que hubiesen pasado desapercibidos de haber caminado solo. Desde la humildad de un colectivo de guías que prácticamente apenas cuenta con medios para hacer su trabajo, su dedicación y disposición son un ejemplo para todos aquellos que se dedican o nos hemos dedicado a la interpretación en la naturaleza.

Guías del Lago Tamblingan.

Otra de las cosas que te llama la atención en Bali, es la profunda religiosidad de sus habitantes. Al menos dos veces al día, salen a la calle portando una especie de recipientes de hoja de palma o algo parecido, en el que han depositado flores y arroz principalmente, que colocarán en el suelo frente a la casa, o en alguno de los altares que encuentras en prácticamente cualquier lado. Eso provoca que si vas con los prismáticos mirando hacia el cielo en busca de pájaros, acabes dándole patadas a más de una ofrenda. Según la población local, eso es signo de mala suerte, pero sinceramente, creo que todos los habitantes o visitantes de Bali, han pateado al menos una vez una ofrenda o sea que si fuera verdad, la mala suerte estaría institucionalizada. Es prácticamente imposible no hacerlo. De resto, la religiosidad se muestra en forma de templos, en los que destacan las esculturas de ojos saltones y con forma de todo tipo de animal. 


Pero en realidad, los templos son patios vacíos con losmuros decorados y templetes interiores, con aspecto bastante desolador y apariencia de abandono. Es curioso que, si quieres acceder al interior, te coloquen una falda o al menos un fajín en la cintura, por motivos de respeto y esas cosas que nunca he entendido de las religiones.

Con Oka un joven emprendedor de Munduk, de camino a Lovina en el norte de la isla.

Aparte de lo comentado, la vida sucede caótica entre ofrendas y motocicletas. Diría sin mucho temora equivocarme, que son la combinación perfecta para definir Bali. Las calles y carreteras estrechas han convertido la motocicleta en el mejor medio de transporte, y no es raro ver a alguien con una caña de bambú de unos ocho metros de largo (seguro que me quedo corto) conduciendo por las sinuosas e inclinadas carreteras del interior, con una mano en el manillar y la otra en el hombro agarrando la larga vara. Por lo demás, todos los conductores parecen saber cuando tienen que ceder el paso y cuando pasar, al margen de la señalización que parece estar solamente a título orientativo. Y los altares están diseminados a lo largo y ancho de la geografía insular, encontrándotelos en los sitios más insospechados.

Con los dos símbolos más típicos de Bali, el altar y la motocicleta.

De vuelta a Perth, en los periódicos comienzan a aparecer las noticias sobre las primeras serpientes de la temporada, lo que me anima a esperar descubrir alguna nueva especie. 

Ya les contaré cuando ocurra.

Saludos.