7 nov. 2011

La esperanza de los pequeños

Últimamente los tengo abandonados. No ha sido premeditado ni tampoco dejadez, este Año del Ibis como lo definimos en enero, en Marruecos, ha dado mucho de sí y trae entre otras cosas muchos cambios. Pero de eso les hablaré más adelante. Ahora les dejo con un comentario esperanzador y, digo les dejo, porque esta tarde parto hacia Sudáfrica y Mozambique, en busca de la fauna salvaje por excelencia, la que imaginábamos de pequeños cuando, los sábados por la tarde, nos sentábamos frente al televisor en blanco y negro disfrutando con los chillidos y la parca justicia de Tarzán.

Bueno, ya les contaré. Vamos con el comentario esperanzador.

Hace unos meses, en la presa a la que acudo a menudo a observar aves, una pareja de pollas de agua había sacado adelante tres pollitos, que como tres pelotas negras despeinadas, seguían a sus progenitores allá donde fueran. Siempre me parecía que para el espacio que tenían, se comportaban de manera huidiza hasta el punto de ser difíciles de observar. En cuanto se percataban de tu presencia corrían a esconderse entre las zarzas de la ribera.


Pollito de polla de agua, de pocos días de edad.


Pasaban los días y me costaba cada vez más observar a los pollos, tanto que llegó un momento en que no los vi más y pensé que realmente eran muy escurridizos o mi presencia era demasiado evidente y me intuían desde lejos.

No le había puesto más asunto a esa cuestión hasta que un día, comprendí el por qué de esa aversión a cualquier presencia cercana.

Una mañana, al llegar a la presa, me puse los prismáticos en los ojos y lo primero que vi, fue como una gaviota patiamarilla golpeaba contra el suelo el cuerpecillo de uno de los pollos. Seguidamente lo lavó en el agua y lo engulló sin prisas, con la tranquilidad de quien se sabe poderoso y temido.

De esa manera comprendí el miedo que les llevaba a resguardarse en la vegetación ante cualquier movimiento extraño. La pareja de gaviotas que a menudo pasaban algunas horas descansando en la presa, también tenían intenciones nutritivas con las pollas de agua.

Así fue como dejé de ver a los tres pollos durante mucho tiempo y quedé convencido de que habían servido de alimento a las gaviotas.

Cual fue mi sorpresa cuando varias semanas después, apareció entre las cañas, un ejemplar juvenil de grisáceo plumaje, nadando con seguridad cerca de los adultos. ¡Al menos uno de los tres pollos había escapado de los picos de las gaviotas!. ¡Una nueva generación habitaba la presa y pronto se mezclaría con las pollas de otras charcas cercanas! Tengo que reconocer que me llevé una alegría tremenda. Había dado por perdida aquella pollada y ahí estaba un subadulto, con un tamaño que le hacía difícilmente presa de las gaviotas.

Tal vez, haya aprendido de una manera demasiado dura, la importancia de ponerse a salvo a la menor presencia de predadores; tal vez en su mente de pájaro no sienta lo que uno experimenta cuando ve a un predador haciendo su trabajo; tal vez en cuestión de minutos haya olvidado a sus hermanos y esa sea la existencia que en sus genes resulta normal.

Lo cierto, es que a mí, que los predadores realicen su función y que, además, una cría consiga superar todos los peligros de los primeros meses hasta llegar a convertirse en adulto, es una señal que se puede extrapolar y convertirse en un sencillo pero valioso motivo de esperanza.

Bueno, les dejo con esta nota positiva. Pronto les mostraré el trabajo realizado en Sudáfrica.

Saludos
Fran Torrents


2 comentarios:

Lola dijo...

El grande siempre engulle al pequeño............ naturaleza pura y dura....

Anónimo dijo...

No siempre, Lola. No perdamos la esperanza!!!
:-)